Cuando voy andando por la calle, me gusta observar a la gente y las conversaciones que tienen. Por cierto, os invito a hacerlo en lugar de estar pendientes de los propios pensamientos, rumiando y sin enteraros de con quién os cruzáis, o preocupados por si habéis engordado o si se va a notar. En vez de eso, os invito a que observéis a los demás con curiosidad, como quien contempla el teatro humano.
En uno de estos paseos observé a unas señoras que hablaban. El trozo de conversación que escuché fue que una le decía a la otra: “Pues ya sabes, cualquier cosa que quieras, cualquier cosa que necesites…”, y la otra respondía: “Sí, ya sé, te chillo”. Bien, ahora yo os preguntaría: ¿qué pensaríais, qué diríais o qué haríais? Cuando alguien te dice “te chillo” mientras tú te estás ofreciendo, algunas personas pueden pensar: “Hombre, ha dicho chillar… no sé a qué se estará refiriendo. ¿Se referirá a que siente poder sobre mí? ¿A que puede dominarme? Bueno, seguramente no se habrá dado cuenta o es su manera de hablar… no voy a decirle nada ni voy a pensar mal de ella”. Esta puede ser una respuesta que llamamos sumisa, sobre todo por lo que piensa la persona. Hará como que no le ha afectado, pero es muy probable que le quede dentro como una espinita: “¿Por qué me habrá dicho ‘te chillo’? ¿Por qué no me ha dicho ‘te llamo’? ¿Se sentirá por encima de mí o pensará que soy inferior?”. De alguna manera, es probable que si lo dejas pasar perdonando a la otra persona, esto te pase factura.
Luego puede haber otro tipo de respuesta impulsada por el pensamiento: “Encima que me estoy ofreciendo y ahora me dice ‘te chillo’… ¡qué se ha creído!”. Esto puede dar lugar a una respuesta agresiva: “Oye, guapa, encima que me estoy ofreciendo y me dices ‘te chillo’, nada, nada, que no hace falta”. Este tipo de respuesta agresiva surge cuando la persona se siente dominada, invadida o faltada al respeto, y responde atacando. Seguramente también le pasará factura, porque seguirá rumiando: “Encima que me ofrezco tan amablemente, me dice que me chilla… ¡pero bueno! ¡Qué se habrá creído! No puedes ofrecerte, no puedes ser amable con la gente, enseguida les das la mano y te cogen el brazo”.
Y luego está la respuesta que dio la señora: la que se había ofrecido y a la que la otra había dicho “te chillo”. No se inmutó ni cambió el tono, que era neutro y amable. Dijo: “No, hombre, no, chillarme no, porque no me gusta que me chillen. Mejor llámame cuando tú quieras, ¿vale?”. Esto obedece a un tipo de pensamiento más en la línea de “yo pongo mis límites, yo soy yo y soy independiente de ti”. Si tú quieres atacarme, yo pongo un límite; si simplemente te has confundido de palabra, no pasa nada. He puesto el límite sin agresividad y sin ofenderte. En cualquier caso, como he puesto el límite, ni me debes ni te debo, con lo cual puedo seguir ofreciéndome como al principio, porque soy coherente conmigo misma. Esta es una respuesta asertiva. Fijaos qué sencillo es, en el fondo: simplemente ser consciente de cuándo algo te ha molestado o dolido, por mínimo que sea, y darte el derecho a poner un límite. Poner un límite consiste en exponer lo que ha pasado y ofrecer una alternativa. No ofendes ni molestas al otro, pero sobre todo no te ofendes ni te molestas a ti. Esa es la verdadera asertividad.
La señora también podía haber optado por no decir nada, callarse y ya está, pero no desde una posición sumisa, como hemos visto antes, sino desde la propia decisión: “Bueno, esta persona me ha dicho ‘te chillo’; desde luego no me ha gustado la palabra, pero por esta vez y en esta situación lo dejo pasar, porque tengo la confianza en mí misma de que, si hay una falta de respeto mayor, si me dicen algo que me duela más, seré capaz de poner límites en cualquier momento”. Ese es el gran poder de la asertividad, de la respuesta asertiva: parte de una decisión propia. Yo no decido para que el otro no piense mal, ni para que no se enfade; no decido por el otro, decido por mí, por la situación en sí, por mi estado de ánimo y por mi propio criterio en ese momento. Esa es la verdadera asertividad y la verdadera independencia emocional, que siempre acompaña a la respuesta asertiva.